
Los gatos al notar su presencia corrieron a refugiarse.
Todo escritor tiene su lado Oscuro; sus narraciones de ultratumba, sus textos de tipo gótico, sus cuentos y poesias trágicos y/o de fino humor negro. ¿Es malo tener un lado oscuro? Creemos que no, por eso este espacio es para "todos nosotros"...los que somos iguales al resto pero diferentes en algo: en el gusto por otro tipo de escrito no tan "bien acogido" -o marginado- por la literatura tradicional... ¿te animas a mostrar tu lado oscuro???



El grito procedia del piso superior. Muy extraño pues la ultima moradora de el, fue Doña Adela; una señora que llego de Argentina en la epoca en la cual, alli llevaba las riendas del poder el general Peron, y que su amadisima esposa, Evita, matase el hambre de los argentinos pobres. Esto al menos, es lo que se hacia llegar al resto del mundo.
Tendria esta señora que cumplir los noventa años, cuando fallecio. En aquella vivienda, vegeto sobre los quince años. El general de esta casa, ya la conocio siendo muy mayor, aunque parecia que los años no pasaban por ella. Realmente, es que ya no tenia nada que deteriorar.
Era una autentica pasita. Un alza en una bota ortopedica, la hacia caminar algo mas derecha, pero por el peso a transportar, arrastraba el pie calzado.
Usaba siempre un velo muy negro que cubria su cabeza, como si se dispusiese a cumplir sus obligaciones religiosas a todas horas, ya que nunca se desprendia de el. Su pelo plateado, se veia a traves del velo y dejaba constancia de una hermosura pasada.
En su juventud, debio de ser muy alta, aun en su encorbado cuerpo, quedaban los cimientos de lo que fue y ya no era. Su acento suave, melodioso, educado y cortes, hacia que le gustase al general su compañia, todo ello, sazonado con los caramelos que amablemente le daba Doña Adela.
Alli, es donde el general, se aficiono a la musica. Tenia la señora un piano. Un piano pequeño, que adosado a una pared del salon, acumulaba multitud de fotografias y un quinque de petroleo para los abundantes cortes de luz de la epoca.
Con el, daba conciertos de audicion obligatoria al resto de los vecinos, una vez con algun tango golpeado o con algun pasodoble arrastrado otras veces.
Cuando empezaba a sonar el piano, la madre del general, enviaba a este a casa de la pianista a pedirle que le enseñara fotografias, y asi se acaba el molesto concierto.
Tenia doña Adela dos aparatos muy curiosos. Uno de ellos, consistia en una especie de anteojos, delante del cual, se ponia una postal dividida en la mitad y con el mismo tema. Se veia una sola y muy ampliada y bonita. El otro aparato, era un tubo que mirando por un extremo, se veian muchas luces de colores que giraban al moverlo.
Seguro que lo que el general veia alli, era Buenos Aires, mas el, no lo supo nunca.
Todos los meses, llegaba el cartero y por correo certificado, la pagaba un dinero, que nunca nadie supo su procencia, aunque el general, si se beneficio de el, a cambio de hacer recados a su ya anciana amiga.
Si misteriosa fue su llegada y su vida, cuando fallecio, todo acabo en un momento. Un hombre que dijo ser su sobrino, retiro el cadaver y en cuestion de horas, la vivienda quedo vacia y dispuesta para recibir a otro inquilino.
Enfrente de la puerta de entrada a la vivienda de la difunta, vivia la estanquera de la Plaza Mayor. Una señora que procedia de Valencia, ella lo decia, y que era la dueña de Neron, padre de la Pelos.
Una noche de fuerte tormenta, solo dos dias habian pasado de la muerte de doña Adela, cuando un grito terrible inundo la casa. Todos los vecinos salieron al patio y vieron a la estanquera que con su dedo indice, señalaba la vivienda de la difunta doña Adela, mientras en un aporreado piano sonaba aquello de : Mi Buenos Aireeees queriiiidooo, cuando yo te vuelva a veeer, no habra mas penas, ni olviiidooooos.
Emilio.





¿Dónde?, dime ¿Dónde?
Sonámbulo sangrante,
En millones de habitaciones,
En decenios de casilleros,
Donde su vida le ha llevado…
Perdido en los confines de su pensamiento.
Truncado.
Una y otra vez,
Amputado en su esencia
Llevando esta cruz de verdad absoluta y cristiana.
Vagas en atmósfera de inquietud.
De esta cadena de vida.
Que pesa en tus pupilas.
Sin descanso.
¿Dónde están las claves milagrosas?;
Que te lleven a pedestales quietos de
Tu espíritu luchador.
¿Donde están?;
Más allá de unos consejos de interés;
Que solamente como muchas veces;
Te hacen perder tu propio equilibrio;
Llevándote a los más profundo de los abismos;
Aun más dolorosos que esta propia soledad.
Dime ¿Dónde? hacia donde debo encaminar mis pasos perdidos
En estos inmenso laberintos del saber.
Una luz una miserable luz.
Que alumbre esta desolación.
Se quema mi carne y mi desesperación.
Que no espera en las vitrinas de algún almacén.
Desde hace varios años cargo mi cruz encadenada;
Desde hace varios años sentí;
Que mi vida y la vida;
Era difícil y una guerra táctica
Entre risas pervertidas
Que siempre existen…
Que me hace caer más abajo del infierno
No existe voluntad mutua en este maldito mundo…
Debo arrastra mi pobreza…
Mirando los estantes.
Sin alcanzar un mendrugo pan.
Para seguir encadenado a esta,
Inútil desesperación…
Sentir risas burlonas tan inútil;
Como la propia existencia;
Desde el alba hasta el atardecer.
Donde luz de madrugada,
Encaminar esta angustia;
Que arde en mi alma.
Ni el amor en su dulce melodía
Remedia mi inquietud
¿Donde ir? Donde
Que puerta tocar
En esta desesperanza
Sangre en el Sofá La sangre bajo por los espejos.
La mirada era un vendaval de odio.
Y la mente daba los últimos alientos;
A una vida desdentada en su cauce.
Morir, morir, morir.
Fueron sus palabras, últimas,
Detrás de esa transparencia.
Solo existía nada.
Su alma sus sueños…
Quedaron como un vestigio,
Un vestigio, insensato, sensato…
Solo su sueño le pregunto.
Una mañana por la libertad…
Y nunca mas había sido libre.
La vida la trasmuto desde gusano a la mariposa
Desde la mariposa al gusano.
En un grano de tiempo.
Y yacía sin vida… Real,
Dolores en ese cuerpo doliente,
Sin existencia no estaban.
La certera muerte,
Inesperada, vacío en sus pupilas,
Muerte, muerte.
Engrandeciendo,
El minúsculo espacio de la vida;
Y su tiempo…
P.D: palabras que representan concepto nacen guerras, la libertad y el amor palabras, malos entendidos, risas jocosas, palabras que acarician y suelen perfumar las primaveras

Pregunto

No sé quien eres muerte
Paseabas en mis pies de plena mañana
No sabía quien eras muerte
Te levantabas con el alba
Calzando mis zapatos gastados
No sabía muerte, no sabia
Cubrías tus ojos en mis ojos
Sobre tardes interminables
Sobre risas jocosas
Sobre vendavales y hambre
No sabía muerte
Que mis pies callados te hacían reverencia
Que las miradas ajenas
Te tenían como compañera
No sabia
No sabia
Donde Ríes
En sacaros sobre los ataúdes
En dolor, Dolores no sabía muerte
Que, el llanto, te llora
No sabía muerte
No sabía…
*Nota: este trabajo esta incluido en un poemario y retratario que no se en que momento lo publicare en formato papel o es posible que este trabajo quede en formato digital al menos esta en el video…un afectuoso saludo oscuro y tétrico desde el otro lado de la cordillera Gonzalo Torres O
*Con cariño para Lili Varela



Mi muerte era plácida, sin sobresaltos. SK08-mm1 era mi identificación. Mi hueso de identidad provocaba respeto en la Secretaria de Necro Mensajeros. “Asdrubal Vitrubio, asesino serial”, leyeron cuando me presenté al Necro Juzgado en
Primera Instancia, al momento de mi fallecimiento.
En el organismo faltaba personal. Guerras, pestes, miles de muertos, espléndida época. Pero el servicio de Anuncio de Fallecimiento era deficitario. La tradición medieval (esqueleto bajo túnica negra, guadaña, “vengo a anunciarte tu muerte”, qué belleza), ya no era posible. Tampoco “bienvenido, estás muerto”, en pleno camino del infierno —lo más probable— cae bien.
Se diseñaron soluciones, algunas efectivas: La Muerte a caballo por los campos en noche tenebrosa: servicio para 10 a 50 personas; aullidos y gemidos en la noche: para más de 100 (no se arma un coro así nomás).
Pero estaban los candidatos a muerte VIP (jerarcas, enamorados, criminales, suicidas) con ceremonia a medida, mensajero a persona; túnica de raso, huesos lustrados, voz cavernosa y ronca, guadaña de acero de Toledo, era un servicio muy difícil de conseguir. Había clientes demorados tres años, muertos de aburrimiento, qué vergüenza. No había tiempo para cursos de capacitación. Por escalafón, ni pensar.
Ahí caí yo. Revisaron mi prontuario: catorce víctimas una por una, anuncio a la medianoche, ejecución al amanecer, no se me escapó ninguno, un arte. Motivo venganza, nada enfermizo. Odiaba a esa gente; niñeras, institutrices, profesores, celadores, novias. Todos habían colaborado en mi fracaso final, en mi humillación. En la noche de bodas tuve que matarla. Pero sólo fue la primera. Todos fueron culpables, todos pagaron.
Algo me falló. “Ahora tú debes pagar”, me dijo alguien, y me mató.
La circunstancia de mi muerte no afectó mi prontuario. Me nombraron Mensajero de la Muerte nivel 1. Hasta modista y maquillador, llevaba. Sin límite de gastos.
Me acuerdo de alguien –un funcionario de un país europeo-. Después de la depresión inicial, pidió como último deseo una cena tipo Maxim. Dormí a todos y vacié el local. Con los registros de decesos de los últimos 30 años me alcanzó para reponer el personal. Hasta había una soprano famosa. Apariencia, vestimenta, recursos no son problema, cualquier autorizado puede hacerlo. Se fue contento, el hombre.
Pero no todo dura en esta muerte. Mi asesino tenía una lista de 15 sentenciados, los 14 primeros iguales a mi lista; el decimoquinto era yo. MI hermano, el menor, era el dueño de esta lista. Se supo al fallecer él, de muerte natural. Ahora se dudaba de mis crímenes, a menos que yo los revalidara, o aportara al menos 16 nuevos, incuestionables crímenes. En ese ministerio no se molestaban en corregir nada. Se adecuaban. Prometieron decidir a la brevedad.
Es medianoche. Una escena horrenda, insoportable: un querubín, con alitas y rulos se me aparece. “Han decidido darte la oportunidad de incrementar tu lista y volver al puesto. Tienes quince años de plazo”, me dijo con terrorífica voz cristalina. Me tomó del brazo y continuó: “Acompáñame”.
—¿Adónde me llevan?¿Por qué tan oscuro? —gemí asustado—. ¡No, por favor! ¡Noo!¡ !Oh! ¡!Por qué me tironean! ¡...! ¡Buaaaá!
—Un robusto varoncito, señora. Tiene mucha voluntad, no sabe con qué fuerza me apretó el dedo. Me lo dejó muerto.
Carlos Adalberto Fernández
http://carlosafernandez.blogspot.com/