martes, 23 de enero de 2007

El Taxidermista



Acomodó la cabeza de su última víctima con cuidado.
Esta vez le había tocado el turno a un oriental; un hombre de 50 años aproximadamente, un pobre desgraciado que caminaba por donde no debía, a una hora que no debía.

Le había caído por sorpresa clavándole, con precisión, un puñal repetidas veces entre las costillas, debajo de los pulmones, como para sacarle todo el aire en forma instantánea e impedirle gritar.
Luego con escalofriante pulcritud y rapidez había seccionado la cabeza con la destreza de un hábil cirujano y carnicero a la vez.

Era su octava cabeza embalsamada. La taxidermia la efectuaba con tanta perfección que uno podría decir que la cabeza tenía vida al momento de ser puesta en ese altar; ese altar levantado en honor a su madre, a su querida progenitora, a aquella que siempre se había reído de él, diciéndole que era un alfeñique, un estúpido al cual cualquiera podía ganarle con un soplido.
Junto al retrato de la anciana, muerta hacía dos años, reposaba su cuerpo embalsamado.
El había profanado la tumba de su propia madre una noche luego de morir para perpetuarla, para sentirla cerca de él, para saber que ella estaría viendo que su hijo era valiente y que su profesión no era la de un vulgar cobarde que sólo podía con animalitos muertos. De esta manera ella vería que él era fuerte, era el propio cazador de su orgullosa colección, que hoy cobraba una víctima más.
--Ves Mamá –dijo mientras cerraba la cortina de ese altar sagrado en su habitación de falsa entrada (situado en el coqueto negocio de taxidermia en plena capital metropolitana) – Aquí va uno más…puedes sentirte orgullosa de mí, soy un valiente cazador que no sólo anda con bestias pequeñas e inmundas…ahora ya no te reirás más de mí….¿verdad mami?

El ruido de un cliente en el negocio lo sacó de sus pensamientos; apresuró el paso.
Seguramente era ese policía; hacía rato que andaba tras él. ¿Estaría sospechando de él?
No lo creía, se consideraba demasiado inteligente para dejar pistas…pero también era verdad que ese policía no era ningún tonto.
Le había hecho muchas preguntas…cómo se hacía una incisión tan precisa; cómo se evitaba perder mucha sangre; qué instrumentos serían útiles para seccionar con rapidez y maestría, etc…
La charla con el policía no le había gustado mucho; éste le despertaba demasiadas sospechas: le había dicho que necesitaba diseccionar y embalsamar un pequeño perrito que él y su esposa amaban como a un hijo y le había asegurado que se lo iba a traer más tarde, hecho que él interpretó como un funesto desenlace.

--¡Señor Wrunt! ¡Señor Wrunt! –escuchó sabiendo que quien gritaba su nombre era el policía. Tomó el bisturí más filoso que poseía y giró la cabeza hacia donde reposaba escondido el cuerpo de su progenitora.
--Esta vez estarás más orgullosa, madre…es el turno de un policía –dijo mientras respondía al llamado—Voy sargento Raen…Voy.

La cabeza del policía rodó al caer de las manos de Wrunt en el preciso instante en que los gritos de aquella mujer que cargaba el cadáver de un perro entre sus brazos lo sobresaltaron.

Liliana Varela