lunes, 28 de enero de 2008

La Mascota- Juan Pardo




Era un animalito peludo y gordinflón, parecía una especie de perro faldero.Tenía cierta mirada de gato tierno, cuando la niñita lo encontró lloriqueando junto al pantano, al otro lado de la línea
férrea, entre los juncos. Tenía unos pocos días de nacido.
Decidió traerlo a casa sin preguntar a nuestros padres. En todo caso, eso era un simple detalle, ya que siempre hacía lo que ella quería. Como era la única hija normal, todo era para ella. Yo y mi estupidez de 13 años, permanecíamos en silencio todo el día, mirando como pasaba la vida desde los rincones de la casa, sin poder hacerme entender; yo sólo emitía gruñidos y más que nada silencios.
Siempre sentí un rechazo sobrenatural por ese animal. En un principio creí que se debía a lo que le ocurrió a mi madre cuando me tenía en su vientre. Según oí de los adultos, fue a visitar a una vecina para que le arreglaran un vestido y al momento de traspasar la reja de entrada al jardín de su casa, un perro negro, que nadie sabe de donde apareció, corrió hacia ella y enterró sus salvajes dientes en su panza de embarazada. Dando un grito se desmayó, mientras entre dos hombres intentaban forzar a la bestia para que soltara a su indefensa presa, intentaron destrozar la mandíbula del infernal animal, pero sólo tuvieron éxito cuando le dieron un certero golpe de martillo en la cabeza. Muchos dicen que soy como soy, porque el perro negro era el mismísimo diablo.
Como dije antes, mi rechazo comenzó el día que llegó a casa, noté que desde los brazos de la niñita, me miraba como reconociéndome, como saludándome. Nadie se percató de eso. Al ver a la niñita saltando de alegría con el animal entre los brazos no pude decir nada, tal vez sólo era otra jugarreta de mi mente. Al fin y al cabo nadie me entiende. Mis padres lo aceptaron de inmediato. Yo retrocedí lentamente hacia la puerta que daba al patio, sintiendo el ardor de su mirada fría persiguiéndome sin descanso.
Nada extraño ocurrió durante el primer mes de su llegada. Como todos los días nos levantábamos temprano, mi padre se iba al trabajo, mientras mi madre y yo llevábamos a la niñita al colegio. Al regreso mi madre preparaba el almuerzo, mientras yo me dedicaba a caminar por el patio, dando vueltas y vueltas alrededor de la mesa de madera, para luego sentarme a la sombra del ciruelo para descansar.
Desde que ese animal llegó a la casa, la niñita poco a poco fue dejando de lado cosas que antes le encantaba hacer, como salir en las tardes a jugar con sus amigas, andar en bicicleta, jugar con muñecas en el antejardín bajo el gomero, y todas las cosas que la mayoría de las niñitas de 7 años gustan de hacer. Sus tareas escolares era lo único que continuaba haciendo con regularidad, sin embargo ya no lo hacía con el mismo entusiasmo. Mis padres, siempre preocupados más que
nada, de este último aspecto de su desarrollo, no pudieron o bien, no quisieron percatarse de los otros cambios. Por mi parte, sentía que no podía involucrarme más en este asunto, de lo que ya lo estaba, al dejar que este animal permaneciera con vida.
Los primeros días lo alimentó con leche en una mamadera. Eso fue hasta que le crecieron los dientes y empezó a romper todos los chupetes, fue en ese período que los ratones comenzaron a disminuir en la casa. Ya no se oían por las noches sus bulliciosas carreras por las vigas del techo. Los pájaros que durante las tardes se instalaban en las ramas del ciruelo a esperar las migas de pan, que mi padre les arrojaba, desaparecieron. Sin embargo, el mayor cambio de todos fue el de la relación existente entre mis Padres y la niñita. A causa del cuidado obsesivo que le prodigaba la niñita a ese animal, de la absoluta atención que le ponía en cada momento del día y de la noche. Llegando su cuidado a límites escalofriantes: Una tarde, cuando este siniestro animal no pudo alcanzar una rama del ciruelo para conseguir comida, ella trepó hacia lo alto y sacó de un nido, un pajarito que aún no podía volar para entregárselo a su macota, esto ocurrió al año de su llegada a la casa. Nadie más vio lo sucedido, sólo yo.
La niña pasaba los días de fiesta, sola, encerrada en su cuarto, mientras todos los niños jugaban en la calle. Lloraba cuando tenía que salir con nosotros y su mascota debía quedarse en casa. Intenté muchas veces hablar con ella de este tema pero como dije antes, soy el idiotade la familia y nadie me entiende, siempre recibía como respuestasilencio y frías miradas del animal entre sus brazos, entonces retrocedía y me alejaba corriendo para encerrarme en mi habitación. La
última vez que ocurrió esto, intenté contarle a mis padres lo que pensaba sobre la niñita y su mascota, pero ellos sólo me miraron y continuaron discutiendo entre ellos, que si él no se hubiera opuesto a bautizarla, que si no fuera por los genes de ella y su abuela demente, que si todo lo que vivieron conmigo para acostumbrarse al castigo de tener un hijo idiota, que no tendrían fuerzas para pasar por lo mismo con su pequeñita; en fin, me di cuenta que mis padres nunca entenderían lo que yo sentía, entonces dejé que todo siguiera su curso hasta donde el vaso aguantara.
Y así pasaron los años. La niñita no era ni la sombra de lo que había sido en su infancia. Siete años habían pasado mis padres visitando a un especialista y a otro y siempre terminaban en lo mismo, la niñita dando una luz de esperanza y recayendo una vez más en las oscuridades
de sus silencios y sus acciones desconcertantes.
Yo, seguía el desarrollo de los acontecimientos como un temeroso espectador, poniendo más atención al comportamiento de la mascota de la niñita que a ella misma.
Trece días antes de que todo llegara a su fin, observé que la bestia, como todas las noches, abandonaba a la niñita y se paseaba por lacasa. Podía ver por el umbral de mi puerta, su sombra cruzando por el pasillo, moviéndose en dirección a la habitación de mis padres, sin embargo ahora se detenía siempre unos segundos frente a mi puerta.
Durante la sexta, noche el animal desapareció de nuestra casa. Yo temía su regreso.
La niñita al día siguiente cayó enferma, con una fiebre cerebral que no la dejaba dormir. Mis Padres se turnaron para cuidarla. Día y noche se oían sus lamentos desde mi habitación.
Amaneció el día final. El doctor visitó a la niñita a primera hora y por última vez. Les informó a mis padres que en cualquier minuto moriría. Mis padres lloraron junto a su cama todo el día. Ese día no comí nada. Nunca me dirigieron la mirada, creo que nunca supieron que yo también estaba ahí. Estaban sentados junto a ella, esperando con la feroz sensación de saber que perderían lo más querido y con la debilidad de no poder hacer nada más que verla partir hacia donde sea que fuera.
Dieron las dos de la madrugada. Mis padres se habían dormido sobre un sillón junto a la cama. Nunca se enteraron que yo los tapé con una frazada. Yo estaba en vigilia junto al lecho de la agónica niña. Sentí un ruido en el pasillo. No desperté a nadie. Salí a mirar. Dejé la puerta entornada, para no perder de vista a la moribunda. Crucé el pasillo en penumbras y llegué a la puerta de la cocina, que era desde donde provino el extraño sonido semejante a una quebrazón de vidrios.
Revisé los rincones. Las ventanas estaban todas cerradas e intactas. No tuve necesidad de encender una sola luz. La luminosidad de la luna llena lo aclaraba todo. Me quedé unos minutos mirando hacia el pálido rostro que aparecía y desaparecía entre las nubes. Su imagen, así como
mis ideas, brotaban frías y atemorizantes.
Sin aún saber en qué momento lo hice, cogí un cuchillo de la cocina. Caminé lentamente hacia la habitación. Escuché un gruñido y un grito de niña, casi en forma simultanea. Corrí y entré sin medir consecuencias. Al encender la luz me encontré con una imagen aterradora: A los pies del sillón donde dormían mis padres, un río de sangre. Brotaba de sus gargantas y avanzaba lentamente hasta mis pies.
Sus carnes estaban abiertas por una línea delgada. Sus bocas semiabiertas, como conteniendo un grito que no alcanzaron a lanzar.
Sus ojos sin párpados, infernalmente abiertos apuntaban hacia la cama de la niñita.
Lo que vi luego fue aún más terrible y hasta hoy, lo revivo cada noche sin poder contárselo a nadie, para liberarme de las pesadillas que me atormenta: La niñita tenía sobre su cabeza a la maldita bestia, su cuello estaba desgarrado. La mitad de su cráneo abierto. De la boca de esa bestia, colgaban trozos del cerebro de la niñita. La sangre le manchaba las garras.
Sin saber en que momento ocurrió, la bestia manchó la hoja de mi cuchilla con su sangre. Al verme parado en medio de este infierno, lanzó un gruñido aterrador y saltó sobre mí, yo retrocedí, alcanzando a cerrar la puerta antes que una de sus garras me alcanzara.
Una vecina que había oído los gritos, llamó a la policía. Yo estaba sentado en un rincón de la cocina, mirando la luna por la ventana, cuando llegaron. Lo primero que hicieron fue arrebatarme el cuchillo ensangrentado de las manos. Luego se dirigieron a la habitación. No
los quise acompañar. Tampoco pude decirles nada. Lo único que pude hacer fue acurrucarme en un rincón, para evitar que el maldito animal lograra alcanzarme, sabiendo que ahora sí, yo estaba completamente solo. Sin embargo, nada ocurrió.
Un oficial cerró la puerta y al voltearse hacia mí, dijo algo respecto a que había encontrado un temeroso gato junto al cuerpo de la niñita. Entonces me tomó del hombro y me obligó a subir al carro policial. El oficial llevaba a la mascota entre sus brazos. Yo, sentado en el asiento de atrás, con las manos esposadas, sólo podía ver a través del espejo retrovisor, los ojos de fuego de esa maldita bestia, que me miraban fijamente, sin descanso. Riéndose de mí, burlándose como siempre, sin que nadie mas que yo lo notara.

Juan Pardo