martes, 28 de noviembre de 2006

El extraño caso del doctor Hillgrove


El Dr. Hillgrove era un cirujano afable, inteligente, sencillo, cariñoso con sus pequeños pacientes. Proveniente de una familia acaudalada y políticamente bien situada, había decidido dedicar su vida a la Pediatría, y fundado un excelente hospital en el que tenían cabida no sólo los hijos de la clase social a la que él pertenecía, sino también de los obreros y de los pobres que a él acudían en demanda de auxilio cuando los casos eran tan graves que no podían ser resueltos en la Beneficencia. No hacía distingos entre sus pacientes, y había dado órdenes estrictas de que ninguno fuera rechazado.
Su vida se repartía enteramente entre su vocación y su familia: su esposa y su hija, a las que amaba profundamente. Nada más le importaba. Algunos de sus colegas sabían de su extraordinaria valía médica y le remitían casos difíciles. Algunos políticos, amigos de su familia, intentaban ganarle para que ocupara prestigiosos puestos públicos. Pero era conocida entre la profesión la negativa sistemática del Dr. Hillgrove a aceptar ningún tipo de actividad fuera de la que ejercía, diariamente, en su hospital, así como ningún tipo de cargo, honor ni reconocimiento.
Todo cambió la mañana en que su pequeña hija, de doce años, apareció muerta en los muelles, asesinada. Nadie consiguió encontrar ningún motivo para tal asesinato y, aunque la Policía prometió al Dr. Hillgrove una rápida resolución del caso, no había pista ni explicación algunas, la única idea posible era la atribución del crimen a alguno de los criminales descontrolados que pululaban por la ciudad, y que bien podrían haber topado con una adolescente y haberla raptado. Las vidas del Dr. Hillgrove y su esposa se hundieron desde aquel momento, y él se volcó aún más en su trabajo, como si quisiera aumentar sus esfuerzos como póstumo homenaje a su hija.
Un par de semanas más tarde, mientras la policía seguía buscando infructuosamente, el doctor recibió en su despacho la visita de un hombre de mala catadura, quien le transmitió un recado desde la cárcel. -Vengo de parte de Swan. Usted no lo recordará, pero salvó a su hijo de heridas mortales de bala y no lo denunció. Swan encontrará al que usted busca, y así pagará su deuda.- El Dr. Hillgrove sencillamente respondió: -Gracias. Por favor, entréguemelo vivo.
Tres meses después de esta conversación, una madrugada, alguién dejó en las escaleras de acceso a una comisaría a un extraño ser, como un engendro, envuelto en una manta. Los agentes que lo recogieron se quedaron aterrorizados: nunca había visto nada igual.
Era un hombre maduro al que le habían sido amputados brazos, piernas, genitales, lengua; extraídos los ojos, dientes y tímpanos, quemado el paladar, cortadas las cuerdas vocales. Los forenses dictaminaron que todo era obra de un buen equipo de cirujanos, las operaciones eran perfectas, y se había cuidado su estado de salud para que no muriera.
Los psiquiatras no pudieron realizar labor alguna, dado que se trataba de un ser incapaz de recibir información del mundo exterior ni de comunicarse en modo alguno más que con espantosos rugidos de terror, como si se tratase de un animal. No podía determinarse de quién se trataba. El suceso era tan espantoso que desde el Ministerio se prohibió absolutamente se diera la menor noticia a la prensa y se calificó como secreto.
El Dr. Hillgrove fue consultado entre los peritos, y se mostró tremendamente compadecido del pobre hombre. Tanto que se ofreció al ministro para tenerle, bien cuidado y atendido hasta que muriera, en una depencia de su hospital que él habilitaría como secreta.
Así se decidió: el Dr. Hillgrove continuó yendo cada día a su hospital, triste y hundido, aumentando cada vez en mayor número sus intervenciones gratuítas, aislándose de las relaciones sociales, y visitando cada día al extraño paciente, al que cuidaba y trataba con esmero para proporcionarle la vida más larga que en su mano estuviera darle.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Un Extraño Amor



Extraño, extraño amor.
Me obligaron a vestir de negro, a ver como te introducian en un ataud.
Y por si fuera poco, debi ponerte un clavel rojo entre las manos.
Cerraron el ataud y ya no te vi mas.No te vi, pero solo en presencia.
Porque en mi mente, en mis sueños, siempre estas presente.
La vida se volvio completamente intolerable para mi.
Ya nada tenia sentido, queria morir, estaba obsesionada con la muerte, con la idea de volver a esta junto a ti.
Pero que podia yo hacer...La locura ya se apoderaba de mi, cuando de pronto recordé un nombre, el Dr. Brent.El era un hombre enigmatico, misterioso y un poco siniestro, pero tu lo admirabas mucho, mientras vivias.
Era un estudioso de los fenomenos paranormales y otras cosas...¿'?
Me arme de valor y fui a verlo.Me hablo de ti, de la muerte, de la mente y de los riesgos que corria al hacer lo que tenia en mente.Pero yo estaba decidida y no pensaba dar pie atras.Entonces segui al pie de la letra las indicaciones del Dr. Brent......Y ocurrió lo que tanto anhelaba...

Ahí estaba yo, en un lugar extraño, brumoso, oscuro,l confuso.Parecia que me encontraba en otra dimension.De pronto, lo tan esperado, alli estabas, frente a mi estabas tu.Con tu apostura de siempre, tu preofunda mirada, tu afable sonrisa.
Eras tu frente a mi, extendiendome los brazos.
Me abrazaste y besaste como siempre.Estaba tan feliz de estar entre tus brazos nuevamente.Tu te veias feliz, aunque algo diferente.Un brillo extraño irradiaba desde lo profundo de tus oscuros ojos.
-Soy feliz, me siento bien de estar junto a ti nuevamente
--Yo tambien amor--Ven, decubramos mi nuevo mundo ahora
--¿Nuevo mundo?
-¡Si, yo ahora soy un Gul!-
No comprendia nada, jamas habia oido hablar sobre los gul.
-Estoy muerto, es cierto, pero he renacido, gracias a la carne de cadaveres recien enterrados, cadaveres que jamas a levantarse de sus tumbas, asi como lo hice yo-

La luna brillaba y pude ver salir de verdaderas madrigueras, a seres horribles, espantosos, que desenterraban cadaveres recien enterrados.Vi como los destrozaban de un zarpazo.Parecian verdaderas bestias, hambrientas, luchando por un pedazo de carne, de viscera, del infortunado cadaver.Vi aterrorizada, ante mis propios ojos, como tu adorado amor, sacaba una lengua espantosa, larga y filuda, que parecia una verdadera cuchilla y la enterrabas en el pecho de una joven muerta.-¡Ah, el corazon es lo mas delicioso!-Luego le succionaste el craneo.Tus labios estaban ensangrentados por completo, parecias un animal salvaje.Me miraste fijamente, tus ojos tenian un brillo especial.Senti horror, miedo y ya no recuerdo mas...

Temprano en la mañana, abri mis ojos.Me encontraba en la blanca habitacion de un Hospital.Mi madre dormitaba en una silla, cerca de mi cama.Me explico que me habian encontrado desmayada en las afueras del cementerio.Todos coincidieron en que era una crisis nerviosa, producto de tu deceso.Posteriormente, una vez recuperada, visite al Dr. Brent.Me dijo que habia tenido mucha suerte de salir con vida, despues de mi encuentro con los Gul.Me dijo tambien que no repitiera la experiencia, pues tal ves ahora seria fatal.Me explico que eran los Guls.Cadaveres carroneros, que se alimentan de cadaveres, mejor aun si estan recien enterrados.
Me dijo que los seres mas impuros, al morirse se convertian en gul.
-Es una gran agonia para ellos, pelear cada noche por un pedazo de carne en descomposicion-

Medito un instante y continuo:-Su novio debio amarla mucho, Ud. estuvo en estado de coma cuando fue encontrada en el cementerio, solo en el hospital recupero sus signos vitales--¿Estuve muerta?--Clinicamente, ¡si!--¿Ud. piensa que el me salvo?--Digame, ¿que podria ser mas apetitoso para un gul, que un cadaver que acaba de fallecer, sin siquiera ser enterrado?Sangre caliente, organos intactos, frescos, sin esperar el tiempo del velorio y las sustancias que se inyectan para evitar la descomposicion.Mi querida Srta., Ud. ha sido realmente afortunada-

Sali de la casa del Dr. Brent, temblando, aturdida.Meditando lo sucedido.El Dr. Brent, tenia razon, yo seria un verdadero festin para un gul.Pero tu me liberaste, me salvaste, me devolviste al mundo de los vivos.Pero ya debo dejar de pensar en ti, en tu nueva forma de vivir.¿Pero por que recibiste aquel macabro castigo, que hiciste para que te convirtieran en un gul'?Fuiste tan bueno conmigo, incluso como gul .M gustaría verte una vez mas, conocerte realmente, saber que me ocultabas.
Pero se que eso es imposible.Todo esto es tan extraño amor.Mi extraño, extraño amor...

(Moni).

El Tren que no llegaba


Estaba sentado en un banco de la estación de trenes; en ese momento, su mirada estaba perdida en un punto inexistente del horizonte.
Era un hombre joven, pero su semblante denotaba la dura vida que le había tocado en suerte.
Era el único ocupante del andén. Un empleado de la boletería era la segunda forma humana que se encontraba allí – pero se hallaba dentro de su cabina, aislado de aquel joven.

El hombre se miró las manos, estaban ajadas, deterioradas como las manos de cualquier trabajador manual; se acomodó el botón de la camisa (que aunque se notaba vieja, estaba muy limpia) y carraspeó como para aclarar la voz.
Cualquiera que lo viese pensaría que era un ser insignificante, que no llamaba la atención; quizás fuese así…pero sólo él sabía el por qué de su importancia en ese lugar.
Nada podía sacarlo de sus pensamientos; inclusive la mujer que llegó con esa niñita gritona que lo miraba desafiante. Apenas levantó la mirada para verlas discutir entre ellas y luego volvió a sumergirse en sus propias ideas.
El estaba en su propio mundo…esperando ese tren que no llegaba…
Aunque tuviese que esperar años por esos vagones lo haría; la espera no importaba; sólo deseaba verla por última vez; era su único deseo.
Quizás ella no lo reconociese ¡Tanto tiempo había pasado!. Además nunca lo había visto de traje, pero estaba seguro que aunque el traje fuese pobre (y usado) , ella sentiría orgullo al verlo vestido así.
¡Tantas cosas tenía para decirle que las memorizaba en voz alta por miedo a olvidarlas!
Estaba muy nervioso; sentía sus manos transpiradas, llevaba más de tres horas de espera y el tren no aparecía en el horizonte.
Pensó que ella no podía defraudarlo. Era verdad que se había molestado cuando él decidió dejarla para ir en busca de un futuro mejor para los dos, pero finalmente había logrado reunir una pequeña fortuna con la cual había adquirido su propia casa…¡Ella debería estar feliz por ello!.
Su impaciencia iba en aumento; la mosca que se apoyó en su rostro fue la víctima de sus nervios al estallar su cuerpo en un manotazo brusco y veloz.
Sintió un ruido extraño pero esperado…parecía ser el tren que se acercaba; ese tren que parecía no llegar jamás, finalmente aparecía ente sus ojos.
Se paró de su asiento como si tuviese un resorte dentro y con pasos bruscos y largos se acercó a la orilla del andén.

Cuando vio al guarda que se asomaba de uno de los vagones de pasajeros, corrió a su encuentro. Jadeando llegó a él.

--¿Señor Pérez? –preguntó el guarda.
--Sí, sí, soy yo, soy Pérez…--respondió apurado-- ¿vino ella? ¿llegó?...
--Sí señor, ya llegó. Está en el último vagón de carga.


El joven corrió con toda la velocidad que sus piernas pudieron darle; llegó en el momento en que dos empleados descorrían la compuerta del vagón. Ella quedó al descubierto; finalmente pudo verla.


Allí estaba: el cajón que contenía los restos de su madre finalmente llegaba a reunirse con él.


Liliana Varela http://www.lilianavarela.spaces.live.com