
Deshago los tonos oscuros de mis labios, liberando el secreto acerca de quién eres tú.
Todo escritor tiene su lado Oscuro; sus narraciones de ultratumba, sus textos de tipo gótico, sus cuentos y poesias trágicos y/o de fino humor negro. ¿Es malo tener un lado oscuro? Creemos que no, por eso este espacio es para "todos nosotros"...los que somos iguales al resto pero diferentes en algo: en el gusto por otro tipo de escrito no tan "bien acogido" -o marginado- por la literatura tradicional... ¿te animas a mostrar tu lado oscuro???



Mi muerte era plácida, sin sobresaltos. SK08-mm1 era mi identificación. Mi hueso de identidad provocaba respeto en la Secretaria de Necro Mensajeros. “Asdrubal Vitrubio, asesino serial”, leyeron cuando me presenté al Necro Juzgado en
Primera Instancia, al momento de mi fallecimiento.
En el organismo faltaba personal. Guerras, pestes, miles de muertos, espléndida época. Pero el servicio de Anuncio de Fallecimiento era deficitario. La tradición medieval (esqueleto bajo túnica negra, guadaña, “vengo a anunciarte tu muerte”, qué belleza), ya no era posible. Tampoco “bienvenido, estás muerto”, en pleno camino del infierno —lo más probable— cae bien.
Se diseñaron soluciones, algunas efectivas: La Muerte a caballo por los campos en noche tenebrosa: servicio para 10 a 50 personas; aullidos y gemidos en la noche: para más de 100 (no se arma un coro así nomás).
Pero estaban los candidatos a muerte VIP (jerarcas, enamorados, criminales, suicidas) con ceremonia a medida, mensajero a persona; túnica de raso, huesos lustrados, voz cavernosa y ronca, guadaña de acero de Toledo, era un servicio muy difícil de conseguir. Había clientes demorados tres años, muertos de aburrimiento, qué vergüenza. No había tiempo para cursos de capacitación. Por escalafón, ni pensar.
Ahí caí yo. Revisaron mi prontuario: catorce víctimas una por una, anuncio a la medianoche, ejecución al amanecer, no se me escapó ninguno, un arte. Motivo venganza, nada enfermizo. Odiaba a esa gente; niñeras, institutrices, profesores, celadores, novias. Todos habían colaborado en mi fracaso final, en mi humillación. En la noche de bodas tuve que matarla. Pero sólo fue la primera. Todos fueron culpables, todos pagaron.
Algo me falló. “Ahora tú debes pagar”, me dijo alguien, y me mató.
La circunstancia de mi muerte no afectó mi prontuario. Me nombraron Mensajero de la Muerte nivel 1. Hasta modista y maquillador, llevaba. Sin límite de gastos.
Me acuerdo de alguien –un funcionario de un país europeo-. Después de la depresión inicial, pidió como último deseo una cena tipo Maxim. Dormí a todos y vacié el local. Con los registros de decesos de los últimos 30 años me alcanzó para reponer el personal. Hasta había una soprano famosa. Apariencia, vestimenta, recursos no son problema, cualquier autorizado puede hacerlo. Se fue contento, el hombre.
Pero no todo dura en esta muerte. Mi asesino tenía una lista de 15 sentenciados, los 14 primeros iguales a mi lista; el decimoquinto era yo. MI hermano, el menor, era el dueño de esta lista. Se supo al fallecer él, de muerte natural. Ahora se dudaba de mis crímenes, a menos que yo los revalidara, o aportara al menos 16 nuevos, incuestionables crímenes. En ese ministerio no se molestaban en corregir nada. Se adecuaban. Prometieron decidir a la brevedad.
Es medianoche. Una escena horrenda, insoportable: un querubín, con alitas y rulos se me aparece. “Han decidido darte la oportunidad de incrementar tu lista y volver al puesto. Tienes quince años de plazo”, me dijo con terrorífica voz cristalina. Me tomó del brazo y continuó: “Acompáñame”.
—¿Adónde me llevan?¿Por qué tan oscuro? —gemí asustado—. ¡No, por favor! ¡Noo!¡ !Oh! ¡!Por qué me tironean! ¡...! ¡Buaaaá!
—Un robusto varoncito, señora. Tiene mucha voluntad, no sabe con qué fuerza me apretó el dedo. Me lo dejó muerto.
Carlos Adalberto Fernández
http://carlosafernandez.blogspot.com/
Soy como un cementerio que la luna aborrece,



