
El Dr. Hillgrove era un cirujano afable, inteligente, sencillo, cariñoso con sus pequeños pacientes. Proveniente de una familia acaudalada y políticamente bien situada, había decidido dedicar su vida a la Pediatría, y fundado un excelente hospital en el que tenían cabida no sólo los hijos de la clase social a la que él pertenecía, sino también de los obreros y de los pobres que a él acudían en demanda de auxilio cuando los casos eran tan graves que no podían ser resueltos en la Beneficencia. No hacía distingos entre sus pacientes, y había dado órdenes estrictas de que ninguno fuera rechazado.
Su vida se repartía enteramente entre su vocación y su familia: su esposa y su hija, a las que amaba profundamente. Nada más le importaba. Algunos de sus colegas sabían de su extraordinaria valía médica y le remitían casos difíciles. Algunos políticos, amigos de su familia, intentaban ganarle para que ocupara prestigiosos puestos públicos. Pero era conocida entre la profesión la negativa sistemática del Dr. Hillgrove a aceptar ningún tipo de actividad fuera de la que ejercía, diariamente, en su hospital, así como ningún tipo de cargo, honor ni reconocimiento.
Todo cambió la mañana en que su pequeña hija, de doce años, apareció muerta en los muelles, asesinada. Nadie consiguió encontrar ningún motivo para tal asesinato y, aunque la Policía prometió al Dr. Hillgrove una rápida resolución del caso, no había pista ni explicación algunas, la única idea posible era la atribución del crimen a alguno de los criminales descontrolados que pululaban por la ciudad, y que bien podrían haber topado con una adolescente y haberla raptado. Las vidas del Dr. Hillgrove y su esposa se hundieron desde aquel momento, y él se volcó aún más en su trabajo, como si quisiera aumentar sus esfuerzos como póstumo homenaje a su hija.
Un par de semanas más tarde, mientras la policía seguía buscando infructuosamente, el doctor recibió en su despacho la visita de un hombre de mala catadura, quien le transmitió un recado desde la cárcel. -Vengo de parte de Swan. Usted no lo recordará, pero salvó a su hijo de heridas mortales de bala y no lo denunció. Swan encontrará al que usted busca, y así pagará su deuda.- El Dr. Hillgrove sencillamente respondió: -Gracias. Por favor, entréguemelo vivo.
Tres meses después de esta conversación, una madrugada, alguién dejó en las escaleras de acceso a una comisaría a un extraño ser, como un engendro, envuelto en una manta. Los agentes que lo recogieron se quedaron aterrorizados: nunca había visto nada igual.
Era un hombre maduro al que le habían sido amputados brazos, piernas, genitales, lengua; extraídos los ojos, dientes y tímpanos, quemado el paladar, cortadas las cuerdas vocales. Los forenses dictaminaron que todo era obra de un buen equipo de cirujanos, las operaciones eran perfectas, y se había cuidado su estado de salud para que no muriera.
Los psiquiatras no pudieron realizar labor alguna, dado que se trataba de un ser incapaz de recibir información del mundo exterior ni de comunicarse en modo alguno más que con espantosos rugidos de terror, como si se tratase de un animal. No podía determinarse de quién se trataba. El suceso era tan espantoso que desde el Ministerio se prohibió absolutamente se diera la menor noticia a la prensa y se calificó como secreto.
El Dr. Hillgrove fue consultado entre los peritos, y se mostró tremendamente compadecido del pobre hombre. Tanto que se ofreció al ministro para tenerle, bien cuidado y atendido hasta que muriera, en una depencia de su hospital que él habilitaría como secreta.
Así se decidió: el Dr. Hillgrove continuó yendo cada día a su hospital, triste y hundido, aumentando cada vez en mayor número sus intervenciones gratuítas, aislándose de las relaciones sociales, y visitando cada día al extraño paciente, al que cuidaba y trataba con esmero para proporcionarle la vida más larga que en su mano estuviera darle.
Blanca Barojiana http://letrasescorpianas.blogspot.com





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